Y sonará mi música hasta que te rindas. O tu muerte llegará debida a la caída de los muros que se derrumban a mis pies. Pues el suelo vibra con cada uno de mis pasos al ritmo de mi melodía.
Y entonces no habrá vuelta atrás. Los muros aplastarán tu débil cuerpo.
Y daré fin a tu vida. Con esa dulce melodía.
Será lo último que escuches y te dolerá.
Y lo último que verás será la sonrisa que esbozaré de placer. Puro placer.
Y subirás al cielo, pues el infierno es mi hogar.
Y allí aun escucharás mi música.
Pues nunca habrá suficiente distancia para que deje de resonar en tus oídos.
Y yo disfrutaré de cada gota de sangre que suelte tu alma en cada suspiro.
Cada grito de clemencia será el mejor regalo que puedas darme.
Y entonces al cabo de mucho tiempo recordé lo bien que me sentí al darte muerte de manera tan sutil.
Entonces hice sonar de nuevo mi melodía.
Y subí de nuevo a la tierra para burlar la fe de los humanos.
Para atormentarlos en los días de penumbra.
Para fastidiarlos y hacerles caer en lo más profundo del abismo.
Y así seguiré cada día hasta… Por siempre.


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